El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación para prestar ó no su consentimiento al espectáculo.

En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde, hombre religioso, católico y dedicado á la usura, afirmó en voz alta que era inmoral que no cogieran á aquel bandido.

—Que vuelvan á hacerlo, pero que le cojan al ladrón—dijo en voz alta.

—Es imposible, señor alcalde—replicó don Alonso.

—¡Cómo que es imposible!—repuso el alcalde—. O se hace eso ó los llevo á ustedes á la cárcel. A escoger.

Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más oportuno, apagar las luces, para dar á entender que se había acabado la representación. Nunca lo hubiera hecho.

Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó fuera de la barraca. ¡A ese!—gritó un chico al verle ¡A ese!—gritaron unas mujeres, y hombres y mujeres, y chicos y perros, echaron á correr tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó volando unos rastrojos. Comenzaron á llover piedras á su alrededor. Afortunadamente se hacía de noche y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la cacería. Cuando se vió solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra. El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho.

Lo encontró en la carretera al día siguiente la guardia civil. Con su frac negro lleno de barro, don Alonso tenía todas las trazas de un hombre escapado de un manicomio.

—¿Quién es usted?—le dijeron los civiles.

Don Alonso contó lo que le había ocurrido.