—¿Tiene usted cédula?
—Yo no, señor.
—Entonces venga usted con nosotros.
Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo. Allí los guardias, le entregaron al alguacil y éste le metió en la cárcel, donde pasó la noche.
—Pero ¿por qué me detienen á mí?—preguntó varias veces el pobre hombre.
—Como no tiene usted cédula...
Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la guardia civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó á Madrid. Lo llevaron al Gobierno civil y le presentaron á un señor. Interrogado por él, le contó sus cuitas, con un acento tal de verdad, que el hombre se compadeció y le dejó marcharse.
—Si no encuentra usted destino, añadió el señor—quizás le pueda yo proporcionar algo.
Don Alonso escribió á Salomón, pero éste no le contestó. Fué repetidas veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquel le dijo:
—¿Quiere usted ser de la policía?