Cogieron con resignación la camilla y salieron.

Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la primavera.

El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas de los árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco, los colores y los sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los sembrados. Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y frescura...

Entraron los dos camilleros de nuevo por la zanja, entre las altas paredes cortadas á pico.

—¿Y si lo dejáramos aquí?—preguntó uno de los mozos.

—Dejémosle—contestó el otro.

Levantaron el hule de la camilla, y poniéndola de lado, hicieron que el cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado, mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del cielo, y los camilleros se fueron á tomar una copa...

Indudablemente no había venido la buena.