Y el gitano contestó compungido:
—¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un Santo Cristo con más... barbas que un capuchino.
Luego el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y don Alonso murmuró convencido:
—Ya vendrá la buena.
Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el tifus y que era necesario trasladar el enfermo al hospital del Cerro del Pimiento.
Una mañana fueron los camilleros, cogieron á don Alonso, lo sacaron de la cama y lo metieron en una camilla.
Luego los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro del Pimiento. Llamaron; pasaron á un vestíbulo y levantaron el hule de la camilla.
—¡Anda la!... Se ha muerto el socio—dijo uno de los mozos—¿Lo dejaremos aquí?
—No, no, llevadlo—replicó el conserje del hospital.
—¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez!—dijo el otro—. Más valiera morirse.