Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho.
—Yo estoy malo—le dijo á Ortiz—, no puedo con mi alma.
—Bueno; entonces yo me marcho.
Ortiz y el Bizco se alejaron.
Don Alonso quedó solo y fué avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de la tapia del Retiro pidió auxilio á un guardia municipal. Este le acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le metieron en una camilla.
Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un martillazo en la cabeza.
—Yo tengo algo muy grave, y quizás me vaya á morir—pensó con angustia.
No se dió cuenta de cuando le metieron en la cama; comprendió que estaba en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y puso un escapulario en el hierro de la cama.
Don Alonso entonces recordó un cuento, y á pesar de la fiebre el cuento le hizo reir. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba á todos los santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una vecina le llevó un niño Jesús, y le dijo al enfermo:
—Rece, hermano, que éste le salvará.