Ortiz amartilló el revólver y se sentó en la cama. Don Alonso, después de tapar la boca del agujero, buscó un sitio resguardado en donde no se le viera y se tendió en el suelo. Le molestaba bastante haber tenido que oir la historia vulgar de Ortiz y no haber podido contar sus aventuras. La verdad es que su vida era rara. ¡Él convertido en policía! ¡Acechando á un hombre!
Horas y horas esperaron, Ortiz dentro y don Alonso fuera. Estaba ya clareando cuando apareció el Bizco. Llevaba algo debajo del brazo. Atravesó el arroyo, se acercó al ribazo, quitó la tabla... Don Alonso, empuñando el revólver, se levantó con rapidez y se asomó á la boca del agujero.
—Ya está—dijo Ortiz desde dentro, y salieron inmediatamente el guardia y el Bizco.
—¿Será éste?—preguntó el guardia.
-Sí.
—Si trata de huir, tire usted—dijo Ortiz á don Alonso.
Don Alonso apuntó con el revólver al bandido, que temblaba, sin oponer resistencia, y Ortiz le ató codo con codo.
—Ahora, andando.
Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron á andar los tres por el camino de la Elipa.
Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado.