—¿De dónde?
—No sé á punto fijo. Me ha parecido que de entre esos árboles.
Se acercaron; había en el ribazo, que allí tenía más de un metro de alto, un montón de maleza y unos pedruscos.
—Aquí hay algo—dijo Ortiz metiendo su bastón. Quitó dos piedras grandes, luego una tabla y apareció la boca de un agujero. Encendió un fósforo. Era un boquete cuadrado abierto en la tierra arenosa y húmeda. Entraron los dos. Tendría la cueva tres metros de profundidad por uno y medio de anchura. Ocupaba el fondo una cama de paja y de papeles con una manta gris. En un rincón había huesos mondados y latas de conserva vacías.
—Aquí tiene el lobo la madriguera—dijo Ortiz—. Sea el Bizco ú otro, este ciudadano no está dentro de la ley.
—¿Por qué?
—Porque no paga contribución.
—¿Qué vamos á hacer?
—Esperarle. Yo le aguardo aquí dentro. Usted pone la tabla como estaba antes, con dos piedras encima, y se queda ahí fuera. Cuando venga, que vendrá, le deja usted entrar, y en seguida se echa usted á la puerta.
—Bueno.