Siguieron por la orilla del arroyo. El cielo de nubes rojizas iba obscureciéndose. Cruzaron el camino de Vicálvaro.

—Por aquí fuí yo al Este á enterrar á una chica que se me murió—dijo Ortiz—; la llevé á la pobrecita debajo del brazo envuelta en un mantón. No tenía ni para una caja...

Este recuerdo trajo á la memoria del guardia sus miserias y contó á don Alonso su vida.

Don Alonso estaba deseando que acabase para asombrarle á Ortiz con sus historias de América.

El guardia seguía y seguía hablando, y don Alonso murmuraba distraídamente:

—Ya vendrá la buena.

Mientras charlaban fué anocheciendo. Salió la luna en menguante; una neblina tenue comenzó á cubrir el campo; algún árbol solitario se erguía derecho y proyectaba la sombra de su follaje en el camino; alguna estrella cruzaba el cielo dejando una ráfaga blanca. El agua plateada del arroyo se deslizaba por la tierra silenciosa, trazando curvas como una larga serpiente.

Seguían hablando cuando don Alonso vió la silueta de un hombre que aparecía entre dos árboles. Agarró del brazo á Ortiz, indicándole que se callara. Se oyó un ruido de ramas y el paso furtivo de alguien que huyó.

—¿Qué era?—dijo Ortiz.

—Un hombre que ha salido de ahí.