—¿Pues dónde anda?
Salieron del merendero y siguieron nuevamente por la orilla del arroyo Abroñigal. Algunos chiquillos negruzcos se chapoteaban en el agua...
Comenzaba á anochecer cuando aparecieron entre los tejares del barrio de Doña Carlota. Madrid brotaba por encima de las frondas del Retiro. Sonaban las esquilas de algunos rebaños.
En los alrededores de la barriada había grandes hoyos con pilas de ladrillo. Estaban ardiendo los hornos; salía de ellos un humo espeso de estiércol quemado que, rasando la tierra, verde por los campos de sembradura, se esparcía en el aire y lo dejaba irrespirable. A lo lejos, algunas humaredas pálidas subían de la tierra al horizonte incendiado por un crepúsculo espléndido de nubes de púrpura.
Ortiz preguntó á un hombre que estaba levantando ladrillos si conocía al Bizco.
—¿Ese randa de pelo rojo?
—Sí.
—Le he visto hace unos días. Debe vivir por la Elipa.
—Bueno, vamos por allá—murmuró Ortiz.