—Vámonos de aquí—dijo Ortiz.
Echaron los dos á andar de prisa y salieron pronto al Puente de Vallecas.
Entraron en un merendero. Una mujer gorda, bajita, ya vieja, de pómulos salientes, con un pañuelo rojo atado á la cabeza, daba al manubrio de un organillo.
—¿Está el Manco?—la preguntó Ortiz.
—Ahí debe estar.
Unas cuantas parejas que bailaban al son del organillo, se pararon al ver á Ortiz y á don Alonso.
El Manco, un hombre alto, rubio, afeitado, con el pecho de gigante, y el cuello redondo de mujer, les salió al encuentro.
—¿Qué buscan?—dijo con voz afeminada.
—A uno á quien llaman el Bizco.
—Aquí no viene ese hace ya tiempo.