—Tan buena como en cualquier otra parte.

—¿Sigue andando por ahí el Bizco?

—¿Qué Bizco?

—El Bizco, hombre... ese rojo...; demasiado que lo conoce usted.

—Ese nunca ha ido por el ventorro del Maroto, sino por el Puente.

Ortiz vació la copa, se limpió los labios con el dorso de la mano, y saludando á la ventera salió de allá.

—Este gachó—dijo en voz baja á don Alonso—, mató á un segador, y se salvó del presidio no sé cómo.

—Parece que nos sigue—murmuró don Alonso, mirando hacia atrás.

—No nos vaya á hacer la santísima—exclamó Ortiz, y sacando el revólver del cinto esperó un instante.

El hombre del ventorro del Maroto se había apostado tras de un ribazo; luego, viéndose descubierto, huyó.