—¿Usted habrá hecho su pacotilla?—preguntó don Alonso.
—¡Quia, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna. Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila de estacas altas, entre la vía y las casas, y ahora no entra ni un cuartillo de vino sin pagar.
Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía, ni había oído hablar de él.
Salieron los dos polizontes de la taberna, y en vez de seguir por el camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casucha blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo».
—Vamos á ver si aquí saben algo—dijo Ortiz.
Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver á Ortiz.
Este no se dió por enterado; pidió dos copas en el mostrador, á una mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de reojo, le preguntó:
—¿Y qué tal por el ventorro del Maroto?
—Bien.
—¿Se reune buena gente por allá?