—¡Y qué se va á hacer!—repuso Manuel—; si no hubiera criminales...
—Estos sí que son criminales—murmuró Juan.
—Vamos á ver si podéis pasar—dijo Ortiz.
Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos con toga y birrete.
—Soy enemigo del indulto—decía el señor de la barba blanca—; le he condenado dos veces á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero que lo ejecutarán.
—Pero es una pena tan severa—murmuró uno de los jóvenes sonriendo.
—¿Hablan del Bizco?—preguntó Manuel á Ortiz.
—No.
—¡Nada, nada!—exclamó el viejo de la barba blanca—; hay que hacer un escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey.
—¡Qué bárbaros!—exclamó Juan.