—En estos casos—repuso el joven togado tímidamente—, es cuando se pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha abandonado, no debía tener derecho...
—La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se ocupa—replicó el viejo con cierta irritación—. ¿Existe la pena de muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de muerte no son más que medidas de higiene social, y desde este punto de vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin indultar á nadie.
Manuel miró á su hermano.
—¿No tiene razón?
—Sí; dentro de lo suyo, tiene razón—replicó Juan—. A pesar de eso, yo encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo.
Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.
—¿Qué tal?—le preguntó el juez.
—Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.
—También la ley debían modificarla...—comenzó diciendo el joven.
—Lo que debían hacer era suprimir el jurado—afirmó el hombre chiquito.