—Ahora puedes bajar un momento—dijo Ortiz á Manuel—y preguntarle si quiere algo.

Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco. Era el Bizco.

El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad; que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba también que estaba condenado á muerte, y se estremecía...

Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se iban amontonando en su cerebro.

La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el perfume en el aire.

Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma...

—¡Eh, tú!—le dijo el carcelero—aquí vienen á verte.

El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor.

Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida indiferencia.

—¿No me conoces?