Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les separaba era una cuestión de perros chicos.

Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado, según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.

Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión de la doctrina se subordinaba á la asociación para la lucha.

—Nosotros—terminaba diciendo Morales—, tendemos á la organización, á la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.

Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía nada, porque era burgués.

Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas, hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.

Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.

En cambio, para los anarquistas, los socialeros eran los que se vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando por el ministerio á cobrar el precio de su traición.

Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los socialistas.

Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á su reglamento y pagar además una gabela.