—Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la conveniencia de sus crímenes.
—La anarquía hay que sentirla—terminaba diciendo Juan.
Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.
Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas, le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.
Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente, y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera. Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios, los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí mismo. Se había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía libre, y la aspiración de un cambio social.
En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas. Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las echaban de importantes y de grandes moralistas.
Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina; sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de decir que eran fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones, cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales morosos.
Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido como indigno de pertenecer á él.
En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público anarquista: La Anarquía y El Libertario, y los dos se odiaban cordialmente.
El odio entre La Anarquía y El Libertario era un odio de empresa. El dueño de La Anarquía había llegado hacía unos años á defender las ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco, al asegurar la vida económica de La Anarquía, el propietario, sin darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo, quitando jierro, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un diletantismo y este momento lo aprovecharon los de El Libertario para echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.