Paseo de noche.—Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del Pimiento.
Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi todos los días que hacía bueno salía á pasear.
Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse. Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á visitarle, ella los despacharía á escobazos.
La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que descansara; no le dejaban trabajar.
A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que se iba á América y pegarse un tiro.
Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear él? ¿Qué viviese ó no? Estas dudas y casos de conciencia le perturbaban.
Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un miedo pueril por un peligro lejano.
Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.
Sin decir á nadie nada, había vendido los Rebeldes y el busto de la Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.
Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros desconocidos, que se le acercaban tímidamente: