Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.
—Nos iremos nosotros también.
Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.
Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.
El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño, bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.
—Allá no hay más que pacotilla—decía el Madrileño—, desde los géneros de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.
—Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?—replicó Prats—. Si esto debían convertirlo en cenizas.
—¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.
—Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina rasa!
—Dejad eso...—gritó el Libertario—. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan la vida discutiendo si valen más los castellanos ó los catalanes. Y luego quieren que desaparezcan las fronteras.