—A todas les llamábamos corre-cames—repuso Prats—, lo que llaman aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas—preguntó el Libertario—cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando: ¡Salut y bombes d’Orsini!...? Un día nos comprometimos más de doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando bombas á un lado y á otro.
—Y no hicísteis nada—dijo el Madrileño—. Pa mí que los catalanes son muy blancos para eso.
—¡Quia, no!—replicó el Libertario—. Es gente templada.
—Sí, lo será—replicó el Madrileño—; pero yo te digo á ti que estuve en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar gente en Montjuich y había que ver la jinda. Todos aquellos señoritos que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia, otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador, el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de sinvergüenzas.
—No tienes razón—dijo el Libertario.
—No; casi nada.
Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.
Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.
—Vengo de dejar á Avellaneda—dijo—. Está un hombre admirable. El se ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le molestaban mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una verva! ¡Y una dignitá en el ademán! Tiene una pose amplia ese hombre. Sí. Está un poeta admirable—dijo Caruty convencido.
Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.