—¿Te vas ya?—le dijo á Manuel el Libertario—. Hace una hermosa noche.
—¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.
Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.
—Voy á dar una vuelta—le dijo á la Salvadora.
—Bueno.
—¿Y Juan?
—Acostado.
—Acuéstate tú también.
Salió. Los cinco entraron por la calle de Magallanes, entre las dos tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del telégrafo zumbaban misteriosamente.
—Una noche también muy negra—dijo el Libertario—fuimos en Barcelona al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha de Tanhäuser, que entonaban los otros á coro; había salido la luna llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: ¡Oh come e bello!