Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.
Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles de París; de las frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de sus conversaciones con Emilio Henry.
—Aquel estaba un joven hombre terrible—exclamó Caruty—; solía ir á Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.
—Pero eso de poner bombas así es una barbaridad—dijo Manuel.
—Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el terrorismo anarquista—exclamó el Libertario.
—Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los anarquistas—replicó Manuel.
—No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.
—¿En España también?
—Sí; en España también.
—Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la represión.