Ça ira, ça ira, ça ira
tous les bourgeois á la lanterne
ça ira, ça ira, ça ira,
tous les bourgeois on les pendra.
y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...
Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».
—Este es el hospital del Cerro del Pimiento—dijo el Libertario.
Siguieron adelante.
Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.
El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas; un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre la arena, parecía derretirla é incendiarla.
Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.
El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo, enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán; algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol, se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.
Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.