El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la reunión.

Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de escrofulosos.

Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión apasionada.

—¡Salud, compañero!

—Salud.

—Dejadle al hombre, que está malo—dijo el Libertario.

Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás, había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!

En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes, mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol.

Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa.

—¿Qué ha querido decir Caruty?—preguntó Manuel—. ¿Qué la anarquía es cosa de literatura?