—Ni él mismo lo sabrá—dijo Juan.
—No, no; él ha querido decir algo—repuso Manuel.
¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos cosas; pero no sabía cuál.
CAPÍTULO IV
Gente sin hogar.—El Mangue y el Polaca.—Un vendedor de cerbatanas.—Un gitano.—El Corbata.—Santa Tecla y su mujer.—La Filipina.—El oro escondido.
En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito.
Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de torero. A la chica le decían la Chai.
El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un día, por una falta leve, una monja le tuvo durante ocho días desnudo, atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la salida se echó á andar por las calles.