—¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!—murmuró Juan—. ¡Qué infamia!
El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos.
—¿Y ganábais algo en esas capeas?—les preguntó Juan.
—Sí, lo que nos daban.
—¿Y cómo ibais de un pueblo á otro?
—Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación bajábamos.
—Pero todos los días no habría capeas.
—No.
—Y mientras tanto, ¿qué comíais?
—Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas.