—¿Y ahora qué hacéis?
—Ahora nada. Esperando el verano.
La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes.
—¿Y vivís solos aquí vosotros?
—No, hay más en estas casillas.
A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio, arrimados á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos.
El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica.
—No crea usted... que es guasa—dijo el gitano—. ¿A que le doy á aquel bote de pimiento?
—¿A que no? Una perra gorda—apostó el de las cerbatanas.
El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote.