Juan llegó á la parte más alta del monte, un callejón entre paredes de roca. Las bocanadas de viento encajonado no le dejaban avanzar.

Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que iba á hacerse pedazos.

—No hay que retroceder—se decía Juan á sí mismo.

La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las puntas de los hastiales de ambos lados de esquistos agudos caían los rayos como flechas.

Juan siguió á la luz de los relámpagos á lo largo de aquel desfiladero hasta encontrar la salida.

Al llegar aquí, se detuvo á descansar un instante. El corazón le latía con violencia; apenas podía respirar.

Ya la tempestad huía; abajo, por la otra parte de la quebrada, se veía brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares... el agua clara y espumosa corría á buscar los torrentes; entre las masas negruzcas de las nubes aparecían jirones de cielo azul.

—Adelante siempre—murmuró Juan. Y siguió su camino.