—Yo sigo adelante—dijo Juan.

—¿Tanta prisa tienes?

—Sí, no quiero volver atrás.

—Entonces no esperes, vete de prisa á ganar aquella quebrada. Pasándola, poco después hay un chozo donde podrás guarecerte.

—Bueno. ¡Adiós!

—¡Adiós, chiquito!

Juan estaba cansado, pero se levantó y comenzó á subir la última estribación del monte por una escabrosa y agria cuesta.

—No hay que retroceder nunca—murmuró entre dientes.

Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo, lleno de olor de tierra; en las laderas, las ráfagas de aire rizaban la hierba amarillenta; en las cumbres, apenas movían las copas de los árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron envueltas en la niebla; el cielo se obscureció más; pasó una bandada de pájaros gritando.

Comenzaron á oirse á lo lejos los truenos, algunas gruesas gotas de agua sonaron entre el follaje, las hojas secas danzaron frenéticas de aquí para allá, corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las malezas, es calaban los troncos de los árboles, caían y volvían á rodar por los senderos... de repente un relámpago formidable desgarró con su luz el aire, y al mismo tiempo, una catarata comenzó á caer de las nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer aplastarlos contra el suelo.