—¿Vas á ir por el monte ó por la carretera?—le preguntó el de los bigotes.

—No sé.

—Si vas por el monte, nosotros te enseñaremos el camino.

—Entonces iré por el monte.

Al amanecer, después de una noche de insomnio, sobre el duro saco de paja, se levantó Juan; en la cocina de la venta estaban ya los guardias. Salieron los tres. Aún no había amanecido cuando comenzaron á subir por un camino en zig-zag lleno de piedras blancas que escalaba el monte entre encinas corpulentas de hojas rojizas. Salió el sol; desde una altura se veía el pueblo en el fondo de un valle estrecho; Juan buscó con la mirada la casa del médico; en una de las ventanas había una figura de mujer. Juan sacó su pañuelo y lo hizo ondear en el aire; luego se secó disimuladamente una lágrima... Siguieron andando; desde allá el sendero corría en línea recta por el declive de una falda cubierta de césped en la que los rebaños blancos y negros pastaban al sol; luego las sendas se dividían y se juntaban camino adelante. Encontraron al paso un viejo harapiento, con las guedejas largas y la barba hirsuta. Iba descalzo, apenas vestido, y llevaba una piedra al hombro. Le llamaron los dos guardias, el hombre miró de través y siguió andando.

—Es un inocente—dijo el de los bigotes—ahí abajo vive solo con su perro—y mostró una casa de ganado, con una huerta limitada por una tapia baja hecha de grandes piedras.

Al final del sendero que atravesaba el declive, el camino se torcía y entraba por unos pinares hasta terminar junto al lecho seco de un torrente lleno de ramas muertas. Los guardias y Juan comenzaron á subir por allá. Era la ascensión fatigosa. Juan, rendido, se paraba á cada instante, y el guardia de los bigotes le gritaba con voz campanuda:

—No hay que pararse. Al que se pare le voy á dar dos palos—y después añadía riendo y haciendo molinetes con una garrota que acababa de cortar:—¡Arriba, chiquito!

Terminó la subida por el lecho del torrente y pudieron descansar en un abrigadero de la montaña. Se divisaban desde allá extensiones sin límites, cordilleras lejanas como murallas azules, sierras desnudas de color de ocre y de color de rosa, montes apoyados unos en otros. El sol se había ocultado; algunos nubarrones violáceos avanzaban lentamente por el cielo azul.

—Tendrás que volver con nosotros, chiquito—dijo el guardia de los bigotes—; se barrunta la borrasca.