—Sí, eso sí.
Trajeron un plato y Juan lo ahumó con el candil. Después cogió una varita, la hizo punta y comenzó á dibujar con ella. El médico, los dos guardias y algunos otros que habían entrado, rodearon al muchacho y se pusieron á mirar lo que hacía, con verdadera curiosidad. Juan dibujó la luna entre nubes y el mar iluminado por ella, y unas lanchitas con las velas desplegadas.
La obra produjo verdadera admiración entre todos.
—No vale nada—dijo Juan—; todavía no sé.
—¿Cómo que no vale nada?—replicó el médico—. Está muy bien. Yo me llevo esto. Vete mañana á mi casa. Tienes que hacerme dos platos como éste y además un dibujo grande.
Los dos guardias también querían que Juan les pintase un plato, pero había de ser igual que el del médico, con la misma luna y las mismas nubes, y las mismas lanchitas.
Durmió Juan en la posada y al día siguiente fué á casa del médico, el cual le dió una fotografía para que la copiase en tamaño grande. Tardó unos días en hacer su obra. Mientras tanto, comió en casa del médico. Era este señor viudo y tenía siete hijos. La mayor, una muchacha de la edad de Juan, con una larga trenza rubia, se llamaba Margarita y hacía de ama de casa. Juan le contó ingenuamente su vida. Al cabo de una semana de estar allí, al despedirse de todos, le dijo á Margarita con cierta solemnidad:
—Si consigo alguna vez lo que quiero, la escribiré á usted.
—Bueno—contestó ella riéndose.
Antes de su salida del pueblo fué Juan á despedirse también de los dos guardias.