Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.
Tenía la tal casucha un tejado saliente y alabeado, una puerta de entrada en medio, á un lado de ésta una barbería y al otro una ventana con una reja.
Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y remozado; los balcones, con sus cortinillas blancas y sus macetas de geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un chambergo.
La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía:
LA ANTISÉPTICA
PELUQUERÍA ARTÍSTICA
En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas: en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual manaba un surtidor rojo, que iba á parar con una exactitud matemática al fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de cintas obscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el observador se aventuraba á suponer si el artista habría tratado de representar un vivero de esos anélidos, vulgarmente llamados sanguijuelas.
¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas reflexiones médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías!
Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con rejas, escrito con letras negras se leía:
REBOLLEDO
MECÁNICO-ELECTRICISTA
SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES,
TIMBRES, MOTORES, DÍNAMOS
LA ENTRADA POR EL PORTAL
Y para que no hubiera lugar á dudas, una mano con ademán imperativo mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no había más portal que aquél en la casa.