Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde antes de llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía:
BORDADORA
SE DAN LECCIONES
El zaguán de la casa era bastante ancho, en el fondo una puerta daba á un corralillo, á un lado partía una recia escalera de pino, muy vieja, en donde resonaban fuertemente los pasos.
Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de escombros.
Después, la calle quedaba silenciosa y en las horas del día no transitaba por ella más que gente aviesa y maleante.
Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra, contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por aquellos campos baldíos.
Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos llenaban la plaza; pasaban los obreros de vuelta del Tercer Depósito, en donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del Poniente se obscurecían y las estrellas comenzaban á brillar en el cielo, se oía melancólico y dulce el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras...
Una tarde de Abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico electricista, Perico y Manuel charlaban.
—¿No salís hoy?—preguntó Perico.
—¿Quién sale con este tiempo? Va á llover otra vez.