—Sí, es verdad.

Manuel se acercó á mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la calle de Magallanes el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de los carros, tenía profundos surcos llenos de agua.

—¿Y la Salvadora?—preguntó Perico.

—Bien.

—¿Ya está mejor?

—Sí. No fué nada... un vahído.

—Trabaja mucho.

—Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.

—Vais á haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco.

—¡Pchs!... no sé.