—¡Bah!... que no sabes...

—No. Que esas deben tener algún dinero guardado, sí; pero no se cuánto... para emprender algo; nada.

—¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero?

—¡Hombre!... tomaría una imprenta.

—¿Y qué le parece eso á la Salvadora?

—Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se vende, ó algún local que se alquila, me hace ir á verlos... Pero todavía eso está muy lejos; quizás, tiempo adelante, podamos hacer algo.

Manuel volvió á mirar distraído por la ventana, mientras Perico le contemplaba con curiosidad. Comenzó á llover, cayeron gruesas gotas como perlas de acero que saltaron en el agua negra de los charcos; poco después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió á nublarse y el taller de Perico Rebolledo quedó á obscuras.

Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía á borbotones oblicuamente en el aire gris; otras era una humareda tenue que rebasaba los bordes del tubo como el agua en un surtidor sin fuerza y se derramaba por las paredes de la chimenea; otras subía como una columna recta al cielo y cuando venía una ráfaga huracanada el viento parecía arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión del espacio.

El cuarto en donde hablaban Perico y Manuel era el taller del electricista, un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra en donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de la madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y unido á ésta, un banco de carpintero con un tornillo de presión. A un lado de la ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada, y al otro lado una librería alta con unos cuantos tomos y en el último estante un busto de yeso que desde la altura en que se encontraba miraba con cierto olímpico desdén á todo el mundo. Había además en las paredes un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos ó tres mapas, fajos de cordones flexibles, y en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de porcelana, se advertía un aparato extraño cuya aplicación práctica era difícil de comprender al primer golpe de vista y quizás también al segundo.

Era un artificio mecánico movido por la electricidad, que Perico tuvo en el escaparate durante mucho tiempo como anuncio de su profesión. Un motor eléctrico movía una bomba, ésta sacaba el agua de una cubeta de cinc y la echaba á un depósito de cristal colocado en alto; de aquí el agua pasaba por un canalillo y después de mover una rueda caía á la cubeta de cinc de donde había partido. Esta maniobra continua del aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos. Por último, Perico se cansó de exhibirlo, porque se colocaban los grupos delante de la ventana y le quitaban la luz.