—Vengo de París, chico; pero déjame que te vea—y Juan llevó á Manuel hasta la calle. Sí, ahora te reconozco—le dijo y le abrazó, echándole los brazos al cuello—pero ¡cómo has variado! ¡qué distinto estás!

—Tú en cambio estás igual, y hace ya quince años que no nos hemos visto.

—¿Y las hermanas?

—Una vive conmigo. Anda, sube á casa.

Manuel, azorado con la llegada imprevista de su hermano, le acompañó hasta el piso principal.

Rebolledo, el señor Canuto y los demás, desde la puerta del taller presenciaron la entrevista con el mayor asombro.

CAPÍTULO II

La vida de Manuel.—Las tertulias del enano.—El señor Canuto y su fraseología.

Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida. El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones. Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella.

La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana; pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él. Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia.