Se levantaron del pretil del camino, en donde estaban sentados, y comenzaron á andar en dirección del pueblo.
Una niebla vaga y melancólica comenzaba á cubrir el campo. La carretera, como una cinta violácea, manchada por el amarillo y el rojo de las hojas muertas, corría entre los altos árboles desnudos por el otoño hasta perderse á lo lejos, ondulando en una extensa curva. Las ráfagas de aire hacían desprenderse de las ramas á las hojas secas que correteaban por el camino.
—Pasado mañana ya estamos otra vez allí—dijo el mocetón alegremente.
—Quién sabe—replicó el otro.
—¿Cómo quién sabe? Yo lo sé y tú también.
—Tú sabrás que vas á ir; yo, en cambio, sé que no voy.
—¿Que no vas?
—No.
—¿Y por qué?
—Porque estoy decidido á no ser cura.