Tiró el mozo al suelo la vara que había labrado, y quedó contemplando á su amigo con extrañeza.

—Pero tú estás loco, Juan.

—No, no estoy loco, Martín.

—¿No piensas volver al seminario?

—No.

—¿Y qué vas á hacer?

—Cualquier cosa. Todo menos ser cura; no tengo vocación.

—¡Toma! ¡Vocación! ¡vocación! Tampoco la tengo yo.

—Es que yo no creo en nada.

El buen mozo se encogió de hombros cándidamente.