—Y el padre Pulpon, ¿cree en algo?
—Es que el padre Pulpon es un bandido, un embaucador—dijo el más bajo de los dos con vehemencia—, y yo no quiero engañar á la gente, como él.
—Pero hay que vivir, chico. ¿Si yo tuviera dinero me haría cura? No; me iría al campo y viviría la vida rústica y trabajaría la tierra con mis propios bueyes, como dice Horacio: Paterna rura bobus, exercet suis; pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando que acabe la carrera. ¿Y qué voy á hacer? Lo que harás tú también.
—No, yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al seminario.
—¿Y cómo vas á vivir?
—No sé; el mundo es grande.
—Eso es una niñada. Tú estas bien, tienes una beca en el seminario. No tienes familia... Los profesores han sido buenos para ti... podrás doctorarte... podrás predicar... ser canónigo... quizás obispo.
—Aunque me prometieran que había de ser Papa, no volvería al seminario.
—¿Pero por qué?
—Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más.