Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto á otro.

La noche se entraba á más andar, y los dos muchachos apresuraron el paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo:

—¡Bah!... Cambiarás de parecer.

—Nunca.

—Apuesto cualquier cosa á que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha hecho decidirte.

—No; todo eso ha ido soliviantándome; he visto las porquerías que hay en el seminario; al principio lo que vi me asombró y me dió asco; luego me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la religión es mala.

—Tú no sabes lo que dices, Juan.

—Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala porque es mentira.

—Chico, me asombra oirte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el padre Modesto!

—El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado.