—¿Tampoco crees en él? ¿Pero cómo has cambiado de ese modo?

—Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé á estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe. Aquel año fué el del escándalo que dió el padre Pulpon con uno de los chicos del primer curso, y te digo la verdad, para mí fué como si me hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba con el padre Belda, que como dice el lectoral, es un ignorante profeso. El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y encargó á otro chico y á mí que nos enteráramos de lo que había pasado. Aquello fué como meterse en una letrina. ¡Yo qué había de sospechar lo que pasaba! No sé si tú lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el seminario es una porquería completa.

—Sí, ya lo sé.

—Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó; al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa tropa de curas viciosos, que desacreditan su ministerio. Luego leí libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo.

—¿Libros prohibidos?

—Sí.

—Últimamente, en la época de los exámenes, dibujé una caricatura brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la entregó. Estábamos á la puerta del seminario hablando, cuando se presentó él: «¿Quién ha hecho esto», dijo enseñando el dibujo. Todos se callaron; yo me quedé parado. «¿Lo has hecho tú?», me preguntó. Sí, señor. «Bien, ya tendremos tiempo de vernos.» Te digo que con esa amenaza los primeros días que estuve aquí no podía ni dormir. Estuve pensando una porción de cosas para sustraerme á su venganza, hasta que se me ocurrió que lo más sencillo era no volver al seminario.

—Y esos libros que has leído, ¿qué dicen?

—Explican cómo es la vida, la verdadera vida, que nosotros no conocemos.

—¡Mal haya ellos! ¿Cómo se llaman esos libros?