A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había aprendido tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á discutir con él para no demostrar su ignorancia.

El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban de orgullo y de júbilo.

Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller.

—¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!—murmuraba melancólicamente.

Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian habilidad y paciencia.

—Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no sabéis hacer nada.

Perico le dejaba hacer.

El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz eléctrica marcara al revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido tremendo.

Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela; Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la Ignacia ó dejaba volar su imaginación.

En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada.