Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa corta entre los dientes.
—¡Fresco, fresco!—decía, frotándose las manos—. Buenas noches á todos.
—Hola, señor Canuto—contestaban los demás.
—Siéntese usted—le indicaba el jorobado.
Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.
Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían maliciosamente.
—¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto?
—Nada, murmuraciones, nada—replicaba él—. Cuchichí, cuchichá... cuchichear.
Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la carcajada.
El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo, que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.