Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo había transformado para su uso particular.
Cuando murmuraba por lo bajo:
—¡Teorías, alegorías, chapucerías!—era que lo que le contaban le parecía era una cosa desdichada y absurda.
En cambio cuando aseguraba:
—Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho.
Ahora, cuando llegaba á decir:
—Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va coayugando, era que para él no se podía hacer mejor una cosa.
Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el coci...mento y el burg...ante en vez del burgués.
El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:
—Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.