—¿Sí, eh?
—Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y engordar.
—Pues tú estás igual que antes.
—Más vieja.
—¿Y qué haces?
—Na, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque apabullado!, yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en una casa de esas hay que apencar con todo.
—¿Y la Aragonesa?
—¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un señor rico.
—¿Y Marcos, el cojo?
—En la cárcel; ¿no te enteraste?