—¿Qué le has dicho?—preguntó Perico—. Se ha quedado paralizada.

El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban; tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de una manera fulminante.

—¿Por qué me mira así esa mujer?—y la Salvadora hizo esta pregunta á Manuel sonriendo.

—¿Qué sé yo?—contestó él con tristeza—. ¿Vámonos?

—Estamos bien aquí, hombre—dijo Juan.

—¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?—preguntó Manuel á la Salvadora.

—¿Nosotras? ¿Por qué?—y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y relampaguearon sus ojos.

Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de las melenas de Juan.

—Vámonos—repitió Manuel.

A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.