—Ahí va uno que se lleva la merienda guardada—dijo uno de los que bailaban al ver al jorobado.
Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre; pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.
—Esto es lo que no pasa en ningún lado—dijo Juan—. Sólo aquí hay este afán de insultar y de molestar á la gente.
—Falta de educación—murmuró el jorobado con indiferencia.
—Y luego no pasa nada—añadió Perico—; porque á uno de estos chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él, alborota mucho y nada.
—Pero es muy desagradable—repuso Juan—eso de no poder ir á ningún lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto—dijo después burlonamente—hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos, verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su juego». «Sí—contesto el inglés—; ese es el espíritu provinciano, propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.»
—Lo partió por el eje—dijo el señor Canuto guiñando un ojo maliciosamente.
—Yo no les hubiera hecho caso—dijo la Salvadora, que no oyó el cuento de Juan.
—Ni yo—añadió la Ignacia—. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!; es una perdición.
—Bueno, bueno; por eso mismo me he querido yo marchar, por evitar una riña—saltó Manuel—; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las lamentaciones.