—Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la culpa—repuso la Salvadora.

Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de Areneros.

Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes de sus farolillos redondos.

Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso, rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se dibujaban en líneas horizontales en el cielo.

—Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?—dijo Juan.

Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro, gris, sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de los faroles se estremecía en el aire polvoriento.

En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra, como un escuadrón de caballos salvajes.

Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga, de incomodidad, de vida sórdida y triste...