CAPÍTULO VI

Las vagas ambiciones de Manuel.—Las mujeres mandan. Roberto.—Se instala la imprenta.

En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas maquinaciones.

Su grupo Los Rebeldes, mal colocado en el salón adrede, apenas se veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque en el caso de no aceptarla se la darían á otro.

Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba mortificado, y la aceptó.

—¿Cuánto te dan por eso?—le preguntó Manuel.

—Mil pesetas.

—Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo. Ahora te dan ese dinero. Tómalo.

—¡Psch!

—Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran avío.