—Alguna de esas se ha levantado—pensó la Petra—. ¿Qué trapisonda traerá?
Al cabo de unos minutos se oyó la voz de la patrona, que gritaba imperiosamente desde su cuarto:
—¡Irene!... ¡Irene!
—¿Qué?
—Salga usted del balcón.
—Y ¿por qué tengo de salir?—replicó una voz áspera, con palabra estropajosa.
—Porque sí... porque sí.
—¿Pues qué hago yo en el balcón?
—Usted lo sabrá mejor que yo.